Prosa variada

Cuentos, reflexiones…. lo que me apetezca

Algo especial

Siempre quiso pensar que tenía algo especial. Se trataba de este tipo de personas que poseen cierta áurea rodeando su figura, no visible pero sí tangible, que dondequiera que vayan consiguen que los extraños los miren con curiosidad y piensen que, en efecto, tienen algo especial. No se trata tanto de qué sino de que lo posean. Puede ser una sonrisa encantadora, con todos los dientes blancos enfilados en bonitas ristras. En ocasiones son los ojos que son capaces de mirar con más profundidad de lo habitual. O puede ser su simple gesto, su postura a la hora de caminar, su manera de mover las manos cuando tratan de defender una idea.

Jacobo tenía 24 años y no sabía qué, pero siempre pensó que tenía algo especial. Igual que estas personas. Era habitual para él que los extraños le mirasen, se acercaban a él y entablaban interesantes conversaciones. Jacobo participaba encantado en estas conversaciones, movía las manos con una delicadeza conmovedora, entornaba las comisuras de los labios a la perfección para expresar su mensaje. Los extraños le contemplaban deslumbrados, por supuesto. Jacobo disfrutaba hablando de modales y de música, de política, de deportes y de filosofía, y lo hacía con un encanto y una agudeza que los extraños se le acercaban y luego murmuraban, de vuelta en sus casas con sus parejas:

  • Desde luego que este chico, Jacobo, parece tener algo especial.

Aunque ellos tampoco sabían lo que era. Tampoco lo pensaban si no volvían a ver a Jacobo, proseguían sus vidas con total normalidad y no era hasta rencontrarse con él en cualquier fiesta, o en la misma calle, cuando volvían a pensarlo. Solo entonces. Tiene algo especial.

¿Era un buen jugador de fútbol? No, que sepamos. ¿De tenis? Podríamos decir que Jacobo no disfrutaba con ningún deporte. Disfrutaba nadando, hacía algunos largos a la semana, pero ni siquiera en eso destacaba. No tocaba ningún instrumento más allá de la guitarra cuando fue adolescente, apenas durante cinco días. Detestaba la guitarra. Aunque le gustaba escucharla.

¿Era buen matemático, entonces? Jacobo no soportaba las matemáticas. Le irritaban. Le parecían muchos números diciendo mediante acertijos nada más que obviedades. Que la tierra gira. Que en el sol hace mucho calor. Las repudiaba desde pequeño, desde el colegio.

¿Y acaso había sido buen estudiante?

¡Meh! Jacobo ni siquiera había terminado la universidad. Pero estaba contento. Había conseguido un trabajo bien pagado, los movimientos de sus manos y de las comisuras de sus labios los había perfeccionado en los últimos años y, por qué no decirlo, lo pasaba de fábula en las fiestas. Siempre conocía a alguien interesante. Él no bailaba porque, según él, lo hacía muy mal. Lo decía con tal pericia.

  • ¡Si vosotros hubieseis estado aquella noche que bailé, daríais las gracias! – exclamaba, elevando ligeramente las manos para conseguir un sutil gesto dramático -. Tenía trece años pero había practicado horas frente al espejo, me encantaba bailar frente al espejo, así que ya podéis imaginarlo, trece años yo con el espejo, y en ese momento me creía el mejor bailarín del mundo.

Hacía una pausa, esperaba que se cargara y moldeaba las cejas para fingir desconsuelo.

  • ¡Pero había más! Bailé con todas mis ganas en aquella fiesta, con chicas, con chicas y chicos o incluso con algunas madres, ya me conocéis. Luego me giré y vi a los demás bailarines rodeándome, no me di cuenta hasta entonces, se estaban riendo y cantaban: ¡Jacobo baila como un paaato, Jacobo baila como los paaatos! Fue un episodio vergonzoso.

Estallaban rápido las carcajadas. A la gente le encanta una historia humillante si está bien contada, si se hace con alegría, con desenfado por el pasado, porque de esta manera les permitirá reírse de una desgracia ajena sin tener que echar mano de los remordimientos. Una historia humillante y triste, sin embargo, exige cierto decoro. Esto Jacobo lo sabía. Y contaba de vez en cuando alguna historia picante o humillante que encendiera los bruscos instintos de los invitados. Le gustaba probar a ver con cuál reían y con cuáles consolaban. A veces incluso invertía las formas de la misma historia y probaba a contarla triste o alegre, siempre teniendo mucho cuidado de no repetirse con el público, y anotaba en la cabeza las reacciones que salían.

Pero qué tenía de especial, eso estábamos buscando. ¿Era buen mecánico? ¿Sabía al menos alguna noción de ingeniería? Bueno, de chiquillo había probado a hacer maquetas y pintar soldaditos de plomo pero lo abandonó rápido, solía hacerlo con su padre pero luego llegó la adolescencia y las relaciones se enfriaron. No, no tenía nociones de ingeniería. Apenas sabía lo básico.

  • El coche tiene motor y arranca; si no arranca, motor roto. – mascullaba como si fuera un simple su inteligente silogismo. Estudiaba con ojos afilados la reacción de quien estuviera presente y añadía:- Tampoco voy a ser tan cruel como para quitarle el trabajo al mecánico. ¡Estamos para quitar más trabajos en España!

Y tenía razón, oiga. O eso pensaban algunos. Para qué diantre saber de ingeniería o mecánica si ya hay gente que se dedica a eso, es incluso peligroso para el empleo, quizá también cotilla. Sí, por qué no, uno debe preocuparse de sus propios asuntos y no ponerse a pisarle el jardín a otros, eso es, que bastante problemas hay ya en el país. Pensaban cosas así cuando no se atrevía a comentarlo el propio Jacobo, aunque este lo hacía con otras analogías y encogiendo más los hombros.

En ese caso, ¿cuáles eran los asuntos de Jacobo? ¡Ah! Puede que siguiendo esta pista encontremos alguna huella que nos permita descubrir qué tenía Jacobo de especial. Cuando Jacobo estaba solo en casa, lo normal es que buscara alguna forma de interactuar con el mundo. Era un investigador nato. Volaba como un halcón en picado por entre la información que caía en sus manos, leía, contrastaba, releía y rebuscaba. Siempre que podía, en cada espacio de tiempo limpio, echaba mano al teléfono o al libro o al ordenador y se zambullía a investigar cualquier materia: un poquito de política, otro poco de arte, otro poco de sociología, otro poco de filosofía o noticias de actualidad. Siempre tecleando, deslizando el dedo por la pantalla.

Él sabía la importancia de sus investigaciones. Más tarde le permitirían probarlas con otras personas e intentar argumentarlas (o refutar lo que otros dijeran) hasta saciar su apetito de investigación. De opiniones, de conversación. Y en cuanto se hartaba de un tema siempre hacía lo mismo, fingía mirar a los lados con deferencia, tamborileaba con la punta de los dedos en la mesa más cercana y, tras pasar un par de minutos en silencio mientras la conversación se distendía, levantaba los ojos con un refulgente brillo.

  • ¿Habéis oído que Pedro y Eustaquio se casan?

Y ya estaban todos hablando de Pedro y de Eustaquio. A Jacobo le encantaba escuchar lo que tuviera que decir la gente sobre ellos; al final, saberlo contribuiría de una forma u otra a sus incansables investigaciones. ¿Investigaciones sobre qué? Sobre cualquier cosa que pudiese comprender. Sí, más o menos. Si no lo comprendía, le aburría.

Llegados a este punto cualquiera pensaría que Jacobo tenía redes sociales y querría preguntarse si era popular en ellas. Aunque la verdad es que a Jacobo las redes sociales no le interesaban por la segunda sino por la primera palabra, es decir, encontraba en ellas una extensa red para obtener su valiosa información. Y no le interesaba tanto, por poner un ejemplo, qué llevaría Macarena a la boda de Pedro y Eustaquio, ni el color de su vestido ni el tipo de pendientes ni sus nuevos retoques en los azulejos. No le interesaba nada de la segunda palabra más allá de los cumpleaños necesarios y algunos episodios breves de narcisismo.

Oiga y me dicen que por qué no he dicho todavía en qué trabaja. Porque no importa un carajo en qué trabajase. Para él su trabajo era inútil, un bicho, lamentable, seis horas al día durante cuatro días a la semana, algo necesario pero a la vez aburrido. Tenía un jefe, cobraba un sueldo y regresaba a casa. O quedaba con los amigos. Y en las fiestas se divertía tanto.

Hubo una que terminó disparando desnudo con un arco. Fue una noche fascinante. Fueron él y unos amigos, se emborracharon y como se conocían desde primaria, dijeron pues estamos entre hombres que no se ocultan nada y como tal nos desnudamos. Y siguieron bebiendo en pelota picada. Litros de ginebra, güisqui y malta de cebada. Hasta que Jacobo quiso probar el arco y se echaron al campo para probarlo, los cuatro amigos, pegando unos gritos que parecían verracos y despertando a todos los nidos. Dispararon a una encina y creyeron ver un guarro.

Otra viene de cuando empezaron a llamarle Drácula pero esa fue una noche en Viena que… ¡ni se lo imagina! Mejor será dejar que Jacobo se encargue de explicarla como quiera, de la forma que crea más correcta, si alguna vez se lo encuentran.

Si se diese el caso, fíjense en él. ¿Ven si tiene algo? ¿Les cautiva su sonrisa? ¿Cómo perciben su bailoteo de brazos, están bien posicionados los dedos? ¿Habla sobre temas tanto de actualidad como clásicos, lleva bien la últimas noticias? Llámenme y háganme saberlo.

El creador de Jacobo entra en lapsus. Sus labios temblequean, le falta el aliento. Por su mente apabullada fluyen imágenes de su personaje: Jacobo en las fiestas, Jacobo sin bailar o haciendo gala de sus gestos, Jacobo con un trabajo que no le llena, Jacobo como insaciable investigador, Jacobo siendo algo pero sin saber nadie muy bien el qué. Sabe que su personaje ha llegado a un punto de no retorno. Ante él se presentan tres posibles personajes, tres finales si quieren decirlo, con los que terminar su historia de medianoche e irme a la cama. Aunque creo que los escribiré mañana.

Jacobo es un escritor o un homosexual. O nadie, nada más que otro pringado.

También podría ser tres a la vez. Eso sí que sería descarado.

Un Pozo de Fuego

Los rusos abrieron en Darvaza un pozo de fuego. Yo pude verlo y calentarme las manos con ese fuego. Amplio, profundo, emanando el gas que alimentaba el fuego, el olor ardiente del ambiente quemado me trasladó a los años de mi niñez, cuando visité con mis padres el Timanfaya. Allí no queda nada. Apenas arena y piedra, fieles sacerdotes del viento.

En Timanfaya nos contó un guía la tragedia que sucedió en el siglo XVI. Habló de muerte y sufrimiento descontrolados que brotaron, incapaces de contenerse por un segundo más, de las entrañas revueltas de la tierra. Yo era un niño, incapaz de comprender el milagroso sentido de la muerte, y así es como recuerdo a la muerte cada vez que sus terrores me invaden. Árida, acariciada por el viento ardiente. El olor del azufre todavía me penetra hasta los huesos.

Al pozo de Darvaza lo llaman las Puertas del Infierno. El infierno es caprichoso como un niño y la muerte es su puerta de entrada, quizás por eso me arrastró de vuelta a esos recuerdos del Timanfaya.

Viendo el fuego nacer y morir con la velocidad de un parpadeo, me asaltó una nueva perspectiva de la muerte que quiero contarte. Una muerte efímera como el chasquido de ese fuego. Pensé que si en la inmensidad del universo y su tiempo sempiterno, nuestra existencia ni siquiera llega a la categoría de parpadeo, podría decirse que ya estamos muertos. ¿Cuánto durará el presente del Universo? ¿Crones, eras, eones? ¿Acaso puede medirse su tiempo? Podría ser que nuestra existencia, tan efímera en comparación con todo esto, apenas pase de ser una fracción del presente del Universo. Pensé, viendo el fuego que nacía y moría en acuerdo con los caprichos del viento, que nuestra vida no sigue un proceso lineal de presentes, pasados y futuros, sino que la vivimos inevitablemente en un único y largo presente. En un punto. Sin líneas.

Puede que ni siquiera consiga llegar a medirse con el tiempo.

Gran Bazar

Sumergirse en el Gran Bazar es, entre todos, un placer peculiar. Tuvimos suerte al visitarlo porque el día anterior se había dado un aviso de bomba, y los turistas todavía no se decidían a entrar en el Bazar. Estábamos nosotros y unos centenares de turcos, más acostumbrados que los europeos a estos falsos avisos.  

Son chocantes los olores que se deslizan en rápidas carreras a ras de suelo, ascienden al encontrar un soplo de aire tibio y se cuelan sin pudor en la nariz, embarullados entre ellos y apenas distinguibles para el olfato del extranjero. Son olores viejos del oro, especias y madera tratada con suavidad. Se enredan unos con los otros hasta que parecen atarse con fuertes nudos, son tozudos y se resisten a que ninguna mano los deshaga. Se tratan de olores más fuertes que tú y que yo, más duraderos que los imperios más poderosos, que acompañarán al ser humano desde sus primeros pasos vacilantes hasta que, como está escrito en las líneas inferiores del destino, termine acabando consigo mismo. Olores orgullosos, tibios, cargados de sensualidad y de humedad. Finos como alfileres buscan los pasadizos por los que se puedan resbalar.  

¡Estambul! Ciudad de flores. ¡Estambul! Ciudad de sangre. Cruje constante el ritmo vanidoso del Bósforo en la capital de los tres imperios. En ciertos lugares de Estambul, como es el Bazar, rodea una armoniosa capa los pasos inseguros del visitante, transformando cada movimiento en un grácil baile entre su cuerpo sudoroso y los aromas eternos. Oro, carne, cobre, huesos. Los perfumes del misterio se entremezclan con los nuestros, puedes descubrir ciertos colores que delimitan los hilos de cada aroma, y esos colores se añaden a los que muestra cada puesto abarrotado. Están en los platos de cerámica y delicado tacto, en las cajitas de madera que talló algún viejo en el interior del país, en los jardines de especias secas.  

Color y olor parecen conceptos opuestos. Uno se ve, el otro participa en los juegos del misterio. En el Bazar confluyen, hasta convertirse en un único movimiento. Y ambos te levantan para volar.

Tuvimos suerte de que hubiesen dado el aviso de bomba el día anterior porque dicen que los días normales, los olores enésimos del mercado se confunden con la turbamulta de visitantes, y no es posible apreciarlos con su vital intensidad.

Suelta la lengua, disfruta del momento. El regateo es un arte y tú eres el escultor de tus deseos. No se trata de gastar mucho o menos dinero, sino el dinero correcto; no se trata de reunir el mayor número de deseos, sino los deseos correctos. Ahora este bonito cuenco, luego una hora de charla con un vendedor experto. Los olores te despistan y tiran de ti hacia un nuevo puesto.

  • Quiero decir, amigo vendedor, sí, amigo, no te compensa demasiado subir tanto el precio porque esta misma pulsera la venden dos puestos más allá, o tres, es más, puede que la pulsera no me guste tanto como pensé en un principio. Ya no quiero la pulsera. ¿O si la quiero? ¿Tú que piensas, amigo vendedor? ¿Me la llevo? Pero, ¿a qué precio?
  • Sí, amigo comprador, llévatelo, no es tanto dinero.
  • ¿Qué es para ti mucho dinero?
  • Esto o aquello.

Te hablaré de un pedazo de magia que encontramos en el mercado, el primero plenamente reconocible en mis viajes. Fue en una pequeña botánica de las calles exteriores del Bazar. Alejandro y yo estábamos constipados desde hacía días y preguntamos por un remedio fiable. El vendedor sacó, con el máximo secreto posible, una cajita en la que guardaba varios cristales quebrados. Vertió un chorro de agua que hervía en su tetera hasta rellenar un pequeño cuenco y depositó dos escamas de cristal en ella. Fugaz fue la existencia de las escamas en ese agua asesina. Se fundieron sin oponer resistencia y un agradable vapor mentolado ascendió en retorcida danza hasta el techo, confundiéndose con el resto de los olores. Uno más que participaba en la carrera.

  • Aspirad – ordenó.

Créeme cuando te digo que la magia es de una realidad inquebrantable. Nuestros pulmones se abrieron como si vivieran el momento previo al más poderoso de los aullidos, la mente se despejó, se fortificaron nuestros recuerdos. Dos aspiraciones a ese vapor mágico bastaron para limpiarnos la inmundicia de los pulmones y devolverles la juventud, dos aspiraciones, seguidas por exclamaciones de sorpresa y cierto temor por la experiencia. El hombre de la ciudad se acobarda al encontrarse por primera vez con la magia más arcaica. Los conceptos se voltean y el hombre de la ciudad se vuelve arcaico, después de tantos años hundido en el fango de la tecnología, y la magia recupera su frescor innovador.

Estambul es Constantinopla, la nueva Babilonia y la ciudad de las tres fronteras. De instante en instante, marca la línea que delimita Oriente y Occidente; el cristianismo blanco y el sufrido islam; la ciencia, joven, y la magia, inmortal.  

Autismo

Martina duerme, otra vez, como le gusta tanto hacer suavemente por las noches. Yo no, yo sigo despierto. Siempre despierto, persiguiendo mis estúpidos sueños. Esta noche hay un tema concreto que me roba el apetito de dormir, y es el comentario que hizo aquella chavala en las copas del otro día, cuando me preguntó si era autista. Contesté con mucha guasa y fingí no darle importancia pero oye, quién sabe, quizás lo sea realmente. Imagínate, autista. Nunca lo habría pensado.

Pero la condenada me plantó el germen de la duda y a mi me encanta la duda, sobre todo si logro resolverla, así que antes de acostarme he hecho unos cuantos test de internet para comprobar si, realmente, soy autista o sigo estando loco. He hecho tres: un test de empatía, otro sobre el coeficiente de espectro autista y el evaluador de Asperger en adultos. En los dos primeros, el resultado ha sido escandalosamente bajo. Decía el del fantasma autista que si tu resultado era entre veintitrés y veintiocho, eres autista profundo, pero si das algo más te salvas. Pues bien, yo he dado dieciséis. En el de empatía, el resultado rozaba números negativos. Solo me he salvado del Asperger.

Así pues, desde hoy, según el omnipresente internet, soy un jodido autista. ¿Y ahora qué? Pues a dudar, que es domingo. El domingo es un día delicioso para dudar.

Ante todo, lo primero es informarse de qué carajo es el autismo y por qué suena así de rara la palabra, como a lelo, a bobo, a que se te cae la baba con la mirada perdida en cualquier laberinto de tu cabeza. Wikipedia dice que la enfermedad (o condición, o deficiencia, o lo que te de la gana) fue nombrada por un psiquiatra suizo en 1912, y aquí encuentro rápidamente la primera traba a sus inteligentes conclusiones. Dice del autista que es algo así como una persona rara, obsesa con el orden y de gestos muy exagerados. Que no soporta la sociedad, una apestada por interés propio. Vamos, un tipo (o tipa, o gato, o pez globo) que no aguanta las boberías de la peña. Porque coincide la época de su diagnóstico con los primeros pasos de la rebelión de las masas, cuando el mundo comenzó a alfabetizarse y dejó de ser idiota por defecto para empezar a serlo por afecto. Al parecer, no soportar a la sociedad idiotizada contra la que tantos gurús y filósofos hablan, te convierte automáticamente en un autista de toma pan y moja.

Luego hay que ver las preguntas del test este del demonio. Si tienes facilidad para imaginar historias, te acercas más al autista, entonces todos los escritores rozan peligrosamente la condición. En el caso de darte cuenta de detalles, o si te fijas en determinados patrones (el ejemplo que ponen es mirar las matrículas de los coches), también eres un condenado autista, así que el Instituto Nacional de Estadística debe estar lleno de ellos. Yo con mi padre jugaba de pequeño a averiguar el año de los coches viendo matrículas, por lo que mi padre también es un autista.

Si hay algo en lo que coincidimos mi padre y yo, es que la gente es bastante idiota. El otro día iba haciendo la compra por el Corte Inglés y al pasar por el pasillo de comida para mascotas, se me abalanzaron sin preguntar tres cazurros con panfletos que decían recaudar comida para los perros de la Cañada Real. Perros, a los gatos que les jodan. Pues bueno, esa panda eran unos soplabocas. Con dos ovarios te insisten en dar dinero para los animalitos cuando en la Cañada Real cientos de personas pasan hambre y todo tipo de necesidad, entonces aparecen el día de Navidad con sus camiones, apartan a la gente y se ponen a repartir pienso para los cuchos. Y a la gente que la jodan, como a los gatos. Hay que ser cabrón, u odiar mucho a la peña, para aparecer en la Cañada Real con comida para perros. Suena a vacile. A mala leche. Y si osas decir que no, que ya colaboras con el comedor social de tu barrio y no te sobra la pasta, te miran con mala cara y te encasquetan el panfleto ese. Mira, a mí lo de ayudar a perros me parece estupendo, pero creo que primero habría que ayudar a las personas. Aunque haya tropecientas organizaciones involucradas con la Cañada Real, mientras siga habiendo jeringas por el suelo y niños con ropa jironada, a los perros que se los coma la tierra, o los gatos, o que se los coman los perros más fuertes y así no pasan hambre.

A esos del Corte Inglés les quiero ver yo en Bissau, donde los perros comen ratas y las personas comen perro. Sería un interesante conflicto moral el que les pondríamos delante. Pero nunca irían a Bissau, ya lo sé yo. Están demasiado cómodos vendiendo piensos en el Corte Inglés.

Volviendo al autismo, me he puesto a indagar un poco más y he encontrado unos cuantos personajes famosos que “sufrieron” dicho estigma. Einstein, Beethoven, Newton, Michael Jackson… Lewis Carroll era mitad pedófilo y mitad autista. Su mitad pedófila creó a Alicia y la otra mitad el País de las Maravillas, y del conjunto de sus demencias le quedó en un cuento bien bonito.

Ojo a esta pregunta: los temas de conversación me aburren con facilidad. ¡Vaya! Ahora resulta que si la tipa de las copas me habla, como un robot en repetición, de lo mismo que me han hablado cuarenta personas más en los últimos meses, y eso me aburre porque ya me lo sé de memoria y es un peñazo desde el primer día que me lo contaron hasta hoy, ya soy un autista de pelo en pecho.

Que oye, hay peña rara por el mundo, lo reconozco, yo soy uno de ellos. Algunos somos ordenados y otros no, a muchos nos gusta tener una rutina bien organizada (que a mí me lo enseñó mi madre cuando me educó pero al parecer solo les pasa a los autistas), no somos buenos recordando números de teléfono y nos suda los sobacos cuántas tonterías nos digan. Si eso es ser autista, me sumo muy orgulloso al grupo. No me gustaría ser de otra manera.

Las mujeres de mi vida

Hoy he visto el cuadro de una mujer desnuda. No recuerdo el nombre del pintor y no creo que importase nunca quién era ella, pero al verme plantado frente al lienzo me he quedado descolocado. Era una mujer hermosa. No era una mujer hermosa como las que salen en los anuncios, de sonrisa artificial y dientes tan blancos que si no es ceguera dan asco, pero seguía siendo hermosa. Sus curvas suaves rematadas por la gruesa brocha del pintor, los pechos redondos y sin adulterar, tal y como los vieron los ojos de quien los pintó, todo ello era hermoso. Sus rodillas crujían gruesas y rosadas atravesando la palidez de sus muslos y sus ojos, aunque muy pequeños y difíciles de investigar si estaban girados hacia un lado, reflejaban a la perfección los miedos de quien se muestra al mundo sin filtros ni aditivos. Apoyaba el codo en una repisa con aire soñador, recordándome a algo. Entonces sus sueños se convirtieron por un brevísimo instante en mis propios sueños. ¿Qué soñaba aquella mujer, desnudada hacía tantos años? Con volver a vestirse y el éxito de su retrato, o con cumplir sus sueños, puede incluso que sólo estuviese deseando que llegara la hora del almuerzo. Ignoro sus sueños pero hoy, admirando su cuerpo entintado, he tenido pleno poder sobre ellos.

              Paseando por la calle de vuelta a casa, he caminado por Colón y me he encontrado una escultura de Botero. Siempre ha estado allí pero nunca me he parado a mirarla. He llegado a sentir lástima al verla. Tantos años tumbada en la plaza, boca abajo y expectante porque alguien se percatase de ella, casi puedo sentir como mías sus lágrimas de acero resbalando hacia el triste cemento madrileño; nadie la mira, corriendo como van todos con sus prisas. Ella sigue tumbada con su grueso trasero asomado, tiritando las frías noches de enero sin nadie que se preocupe por su cuerpo. Hace muchos años, cuando la plantaron, ella miraba hacia abajo desinteresada por si le hacían o no caso, contenta con sentir la brisa fresca soplando por su espalda. Hoy, después de tantos años, gira la cabeza ansiosa mirando, comprobando si hay alguien que la observe realmente. Al pararme hoy por primera vez para acariciar sus gruesos brazos y susurrarle poesías, ella lo ha agradecido con sonrisa enhiesta y acerada. Mujer oronda de familia refinada, se desnudó ante el escultor deseosa por mostrar su orgulloso cuerpo al mundo entero; anclada en Colón, sólo es un pedazo de hierro abandonado. Allí la plantaron y nunca volvió a visitarla su creador.

              Junto a mi casa hay un cabaret. En su interior fluye un mundo de locura, erotismo y mágica fantasía. No importa cuan desgraciado sea un hombre, siempre podrá entrar en el cabaret, pedirse una cerveza helada y contemplar, con el recuerdo puesto en alguna mujer del pasado, a las bailarinas contoneándose desnudas a la luz de los faros. Bailan desnudas ante los ojos de decenas de extraños. En ocasiones yo mismo entro a contemplarlas, no por lujuria ni deseos incumplidos, nada de eso (o puede que sí, ¿quién soy yo para juzgarlo?). Bailan ante extraños a la luz de los faros. Los hombres aplauden, algunos al menos, otros están demasiado ocupados viendo botar los pechos, los traseros, desnudos todos ellos; cuerpos sudorosos bailando bajo los faros, gotas reflejándose en el iris de extraños. Extraños y faros son el público del cabaret junto a mi casa, ambos con los ojos desmesuradamente abiertos por el espectáculo desnudo de baile y canto. Yo entro, me pido una cerveza helada y me quedo mirando. ¿Por qué? A veces pienso que lo hago por regodearme de sus vientres planos, contorsionándose bajo los faros; otras, que son sus ojos duros y callados quienes me fascinan, tan humanos dentro de cuerpos idealizados. Levantan suavemente los brazos al son de la música y sonríen los labios rojos, pero el carmín se les resbala de los ojos al ver un público tan bochornoso.

              En casa tengo un libro de fotografía. Este libro en concreto es tan común como cualquier otro pero este es mío, concretamente. En mi libro de fotografía hay decenas de mujeres desnudas posando ante el fotógrafo. Siempre que las miro me fumo un cigarro. Hay mujeres de todos los tipos y tamaños; viejas y jóvenes, putas y beatas. Algunas fingen pudor cubriéndose los pechos caídos con un brazo pero sus ojos lo revelan todo, y en su picardía leo que traman algo. Quién sabe lo que traman las mujeres en mi libro de fotografía. Hay una en concreto que me encanta: la de una anciana desnuda y con las manos echadas a la espalda, abierta de piernas y mostrando al mundo una mata blanca y rizada. Si te fijas bien, puedes verla ligeramente avergonzada. Probablemente se sintió mayor para dejarse hacer la fotografía pero alguien la debió convencer. Si ahora me la encontrara, más vieja y arrugada todavía, le diría que dejó de envejecer con esa fotografía y que es muy hermoso verla así de erguida. Hay más fotografías bonitas en mi libro, por supuesto. Por eso me lo compré. Cada una de ellas aporta algo distinto, y empiezo a sospechar que el autor de esas fotografías también lo sabía. Algunas tienen las orejas descubiertas con los lóbulos deliciosamente redondeados, otras las cubren con una fina cortina de pelo castaño. Cierro el libro y apago mi cigarro.

              Me apetece escuchar música y pongo el reproductor en aleatorio. Suena la guitarra de Santana en la canción Black Magic Woman y un escalofrío recorre muy discretamente cada fibra de mi ser. Porque hoy, después de tantos encontronazos con el maravilloso cuerpo humano, lo he comprendido: la guitarra sonando es una mujer desnuda, torciendo sus curvas en una playa de arena húmeda, sola, danzando únicamente para la luna. Santana, mejicano pordiosero de palabras, recorre con sus finos dedos el cuerpo de Black Magic Woman, como lo hace el brillo de la luna sobre sus pechos morenos. Enciendo otro cigarro, cierro los ojos y trato de imaginarlo. Puedo hacerlo. Veo sus labios gruesos, el pelo descolocado y negro, incluso atisbo una cicatriz cruzando la parte más baja de su espalda, una que pudo hacerse cuando apenas era una cría corriendo por esa misma playa. ¿Qué ocurrió para hacerse tan hermosa cicatriz? No importa. Importa que la tiene y que resulta delicioso imaginarla marcando su piel, piel de ébano bailando al son de una guitarra desgastada. Termina la canción y la mujer desaparece de mis pensamientos, como en un sueño. Se ha sentado sobre la arena a esperar que la canción vuelva a tocar, entonces se levantará, bailará y volverá a llenar mi imaginación con su dulzor.

              Ahora me he sentado y he decidido escribir unos pocos párrafos. A medida que escribía, precisamente esto que estás leyendo, me he percatado que de todos los artes, la escritura es el único incapaz de representar el cuerpo femenino tal y como es. Las palabras no dibujan, ni fotografían, ni bailan, ni cantan. Las palabras son burdos símbolos negros estampándose contra mi pantalla y su poder es tan inferior, que ni siquiera son capaces de mostrar lo que el cuadro, Botero, el cabaret y Santana han hecho: hacerme sentir deseoso y temeroso a un mismo tiempo. Lástima. Me habría gustado dibujarlas a todas con mis palabras.              

¿O quizás es precisamente eso lo que llevo haciendo todo este tiempo?

Informe semanal

Cuatro locales del poblado de Elian, en el distrito de Biogone, al norte del todo de la Guinea portuguesa, reclaman haber sido atracados en el bosque por siete miembros de la guerrilla mientras buscaban madera para hacer una nueva barca. Los objetos robados son tres bicicletas, dos teléfonos móviles y dinero, y uno de los pescadores sufrió un tirón en el bíceps femoral. Las autoridades pertinentes han contactado con los guerrilleros y, tras amonestarlos severamente por importunar a los cuatro pescadores, les han obligado a devolver los bienes. La guerrilla ha devuelto las tres bicicletas y los teléfonos móviles, pero aseguran no haber robado ningún dinero. Las autoridades temen que si realmente lo hubiera, es muy probable que lo utilicen para la compra de munición.

              Cuatro locales del poblado de Elian, en el distrito de Biogone, al norte del todo de la Guinea portuguesa, han conseguido la madera necesaria para construir una barca. En este mismo instante se encuentran pescando salmonetes cerca de la costa. La calidad de la barca está por comprobar. Mientras tanto, siete miembros de la guerrilla han introducido dos balas nuevas en sus fusiles, que gastaron a los treinta minutos para espantar a un mono.

              Todo prosigue con tranquilidad en el poblado de Elian, en el distrito de Biogone, al norte del todo de la Guinea portuguesa.

En el banco

Esta tarde me encontré a un anciano señor fumándose un cigarro en mi banco, uno fino y muy blanco. El bigote se le enroscaba en una espiral elegante, correctamente aceitada, y desde su nariz aguileña asomaban unas finas gafas de leer, en equilibrio con la punta. Me quedé sorprendido al verle en mi banco, nunca había nadie a esa hora. Me pareció descarado verlo allí, tan relajado. Sentado con una pierna cruzada sobre la otra, se dedicaba a mirar sin ver las palomas, vestido con un traje gris a rayas cruzadas y con un maletín de a su lado. Los pájaros picoteaban el suelo alrededor de él, pero no parecía importarle. Tampoco se percató de que yo estaba mirándole.

– ¿Puedo ayudarle? – le pregunté amablemente.

– No lo sé, ¿puedo ayudarle yo?

– Este es mi banco.

– ¡Ah, disculpa!

Acercó el maletín hacia sí y se movió ligeramente a un lado para darme espacio, yo me senté lo más lejos posible, en la otra esquina. No tenía necesidad de entablar conversación con ese viejo senil, menos aún ese día, tenía demasiadas preocupaciones en la cabeza. Entre esto y aquello, tan apurado, todavía me preguntaba cómo había podido encontrar tiempo para ir a mi banco.

– ¿Es usted de aquí? – preguntó.

– ¡No, de más lejos! – contesté fríamente.

              Cómo iba a ser del banco, ese hombre… Respiré hondo e intenté disfrutar de mi pequeño momento de descanso, odiosamente perturbado por la presencia del extraño. Las palomas picaban incansables a su alrededor migas imaginarias de pan, con los ojos desviados y movimientos bruscos de sus cuellos. ¿Se estaba acercando a mí? Sudando copiosamente, y eso que era febrero, me apretujé muy alterado contra el reposabrazos.

– ¿Espera a alguien? – le pregunté en un intento por detenerle.

– ¡Sí, ciertamente!

– ¿A quién?

– A usted, por lo que parece – contestó con una sonrisa de dientes falsos.

– ¿Nos conocemos?

– No, ¿y usted?

– Yo… – Ahí me había pillado desprevenido. – Pues verá, no sé…

              El anciano abrió su maletín, sacó de dentro una hoja de papel reciclado y un bolígrafo de plata, hizo clic y me miró expectante.

– Por favor, continúe.

– ¿Va a apuntarlo todo? – dije pasmado.

– Lo que haga falta. Dígame, si yo le digo blanco, ¿qué es lo primero que le viene a la mente?

– El banco.

– Entiendo, entiendo… – Se apartó un poco y comenzó a tomar notas afanosas de mis palabras.

– Y ahora, si le digo blanco, ¿qué me diría?

– El banco, evidentemente.

Evidentemente, evidentemente.

              Tomó un par de notas más y depositó la hoja a su otro lado, soltando un suspiro. Verdaderamente estaba loco, y además estaba entreteniendo de muy mala manera mis últimos cinco minutos en el banco.

– ¿Adónde irá usted luego? – me preguntó, como si leyese mis pensamientos.

– A donde espero. Pero no sé si llegaré.

– ¿Por qué no? – me interrogó curioso.

              No iba a explicarle a él todo lo que pasaba.

– Es complicado. ¿Usted?

              Las palomas seguían picoteando y a mí empezaban a ponerme nervioso, estaban fastidiándome con ese viejo. Volvió a rebuscar en su maletín hasta sacar una vieja fotografía en blanco y negro, eran un joven varón con una hembra muy hermosa, se les veía felices.

– Este soy yo – dijo el anciano señalando al hombre.

– ¡Era realmente joven! – exclamé para animarle – ¿Quién es la señorita?

– ¿Qué señorita? – murmuró extrañado el anciano volviendo a mirar la fotografía – ¿Qué señorita?

– Ninguna, ninguna, la he confundido con usted, tengo la vista realmente mal.

              Y era cierto, apenas había logrado distinguirles entre tanta neblina. Llevaba todo aquél día viendo fatal, aunque todavía no había tenido tiempo de ir a por unas gafas. Estaba demasiado ocupado.

– ¡Espere, espere un momento! – exclamó excitado el viejo y volvió a abrir su maleta – Pruébese esto.

              Me dio unas gafas de pasta y cristal flexible que se doblaba con mirarlo, y me las puse. Al instante, la maravilla, veía mucho mejor que nunca.

– Así mucho mejor, gracias. Le estoy muy agradecido.

– Siempre quise ser oculista sabe! – me confió apesadumbrado – Pero veo muy mal.

– ¿Y por qué no se pone gafas?

– Son muy caras. – El rostro se le iluminó y dijo levantando un dedo: – Disculpe un momento.

              Volvió a coger el bolígrafo de plata y apuntó dos o tres líneas más en su folio.

– ¡Le escucho, le escucho! – dijo mientras escribía.

– Lo que le decía, si le parece que en este país las cosas van bien o van mal.

– ¡Mal, tremendamente mal, estoy de acuerdo con usted!

– ¿Y sabe de quién es culpa? – le confié.

– ¡Por supuesto! – dijo dejando el papel de vuelta a un lado – ¡Todos lo saben!

              En eso llevaba la razón, por una vez. Casi me habría gustado hablar más del tema, pero me tenía que ir, ya había pasado varios segundos de mi horario, así que me despedí del anciano y me fui.

Primeras veces

Se me ocurre que no hay nada más excitante que una primera vez. En cualquier cosa. Siempre pensé que las primeras veces componen pedazos de nuestra esencia. Recordemos por un momento nuestro primer beso: el mío fue húmedo y torpe, rodeado de amigos y desconocidos en un baile de verano. El nombre de ella no lo recuerdo; Sofía, creo, pero sí quedó bien grabada aquella sensación de novedosa excitación. Esperaba sus labios secos, como los míos, o bruscos, o temblorosos. Sin embargo, recuerdo la humedad de su lengua, el sabor dulzón de la granadina que habíamos compartido minutos antes; el ansia, porque siempre fui tímido y tardé semanas en lanzarme contra ella. Yo fui torpe, ella pareció experimentada. A nuestro alrededor sonaba la música del momento, era verbena, y recuerdo que esa noche mis amigos me hacían burla volviendo a casa, porque ellos seguían a dos velas y de alguna forma tenían que desquitarse.

Las primeras veces. La primera vez que viajé sólo fue hace tres años, a Guinea Bissau. Claro que ya había viajado sólo antes, en avión o en tren, pero nunca había tomado la alocada decisión de irme bien lejos por dos meses largos, a probar suerte en dulce soledad. Creo que esa fue la primera vez que viajé realmente sólo. A Guinea Bissau, sí. Muchos me decían loco, por supuesto. Pero yo sonreía para mis adentros y embarqué en aquél vuelo de TAP Portugal con una ilusión acelerada, como la que vivimos en los buenos sueños, cuando todo encaja según lo previsto. Aquél primer viaje en solitario subí en furgonetas, autobuses, toca-tocas, barcos, barcas, canoas, bicicletas, motocicletas sin casco; entré en poblados olvidados, teatros, senderos cortados; conversé en la calle con pordioseros, pescadores, empresarios, artistas, hombres honrados y borrachos; reí hasta llorar, lloré por amigos que partieron al otro lado; bailé, sudé en las discotecas rodeado de ébano; crucé fronteras, fotografíe a niños, mujeres, cabras y ancianos; dormí con la puerta abierta, asustado, en hoteles, chozas de barro, casas e invitado. En Guinea Bissau viví intensamente, sin temor a los prejuicios europeos.  

Voy a profundizar unos metros más. Hablaré de la primera vez que pasé miedo. Miedo de verdad. Fue con quince años y también la primera vez que me echaron del colegio. El tibu me descubrió fumándome un cigarrillo a pachas en el parking de los profesores, me echaron dos días. Pasé un miedo horrible. Mi padre es un hombre severo y aborrece el tabaco, y a mí me tenía en muy alta estima porque sacaba unas notas estupendas, y claro, no entraba en sus esquemas que me expulsaran dos días del colegio, ¡por fumar, ni mucho menos! Así que primero se lo dije a mi madre para que fuera ella quien se lo contara al jefe y suavizara un poco el asunto. Desastre absoluto. Mi madre montó en cólera y arrastró en ella a mi padre, que tampoco vio con tan malos ojos lo del fumar pero se dejó convencer muy rápido por su esposa. La primera vez que tienes miedo de verdad, del que te aplasta el pecho y te hace temblar las manos, suele ser la primera vez que calculas mal los riesgos. Temes saltar y titubeas antes del impulso; entonces no llegas al otro lado y caes en picado por el barranco.

Pocos años después del miedo, llega la primera vez que reconoces un error. Para mí, reconocer un error no consiste decir lo siento: es sentirlo muy dentro. Es como cuando lees el famoso “sólo sé que no sé nada” y asientes, pero pasan los años y de improviso, una noche de estrellas claras, estás tumbado en la cama pensando en todo y nada y te percatas: realmente no sabes nada. Pues lo mismo ocurre con los errores. Te disculpas y sigues con tu camino, pero pasan los meses o los años y sólo entonces te das cuenta. Aquí la culpa es terrible. Yo me he sentido muy culpable por algunas cosas que no debería haber hecho. Me siento culpable no por hacerlas, porque al fin y al cabo soy humano, sino por haber reconocido el error a destiempo. Los errores hacen más daño a largo plazo, como la ignorancia. Creo que la primera vez que reconocí un error bien dentro fue cuando mi novia me engañó con otro. Yo ya lo había hecho varias veces y me excusaba citando a Kundera, decía que no es lo mismo amar a una sola mujer que los deseos de acostarse con cualquiera; claro, yo amaba a una mujer pero podía acostarme con cualquiera. Listo. Listo pero muy tonto. Luego ella se acostó con quien quiso y me hizo el corazón pedazos. Me arranco trozos de entraña y los diseminó a lo largo de la carretera. Fue entonces cuando comprendí mi error. Me sabe mal hablar de ello porque todavía me quema un poco, pero creo que esa fue la primera vez que comprendí un error de forma sincera. Desde entonces han pasado varios años y creo haber aprendido. Reconocer un error es el primer paso para avanzar.

El primer paso es una de las primeras veces más plenas, más maravillosas que existen. El primer paso antes de subir una montaña muy empinada. El primer paso antes de acudir a esa cita que cambiará tu vida o el primer paso ignorante, cuando me cité con ella para enterarme de su traición. Lo hermoso del primer paso es que en realidad, nunca sabes adónde estás caminando. Ves el objetivo lejos, muy pequeñito, y sabes que antes o después deberías alcanzarlo, pero no tienes ni idea de qué te encontrarás por el camino. En el primer paso hay miedo, ilusión y corazón acongojado. Esa mezcla de miedo y ardor lo convierte en mágico. Claro que para dar el primer paso es necesario ponerse el calzado adecuado, si no corremos el riesgo de tropezarnos y entonces es seguro que no llegaremos a ningún lado.

Ahora podría hablar del primer lloro. No lo recuerdo, pero mi madre dice que fue muy estridente y que estaba muy colorado. Desde entonces recuerdo varios, rabiosos, desesperados, de felicidad o incluso por la mera necesidad de sentir algo. De todos modos, no me apetece comentarlos.

¿Y la primera vez que escribes algo realmente bueno? ¡Ah, vida! Eso sí sería algo. Llevo escribiendo cuatro años y he publicado poemarios, en diarios, también reconozco haber llorado. Reído y odiado. Pero hablo de algo bueno de verdad, que sea capaz de arrancar el alma a quien lo lee y dejarle pensando. Ya sabe, como Hemingway o Camus; escribir un pedazo de tu esencia y dejarlo bien atado en el papel, sin miedo de las opiniones ni a los demonios internos. No conozco esa sensación porque soy demasiado torpe para lograrlo: no he viajado, ni besado, ni errado, ni llorado la mitad de lo necesario.  

Sólo sé que no sé nada. Pero luego pienso, y si pienso existo. Entonces, ¿sé o existo?

WANG LU CONOCE AL DESCONOCIDO

Hace muchos años, o ayer, que importa, siendo yo joven todavía, me encontré en una taberna con un hombre de extrañas dimensiones. ¿Quién es el desconocido? Bebía sólo en una esquina, cubierto por una manta que a cada movimiento reflejaba mil estrellas, aunque su cabeza estaba descubierta. No sabría decir su patria porque tenía el cráneo rasurado y ovalado, una barba enmarañada y tan negra. Como su capa en reposo cambiaba de colores, ahora amarillo y luego azul, al compás le resbalaban las gotillas por las comisuras después de cada trago. Los ojos no tenían tinte, tampoco expresión, tal vez se le notaba un poco cansado pero nada más. Era alto, muy alto, casi tocaba con la coronilla el techo de la taberna y al salir por la puerta tuvo que agacharse. Y su piel, aunque brillaba morena, estaba manchada de blanco desde el centro de la frente hasta la mejilla izquierda. Cada dedo de la mano derecha lo decoraba un anillo. En el pulgar, la piedra era jade glauco; en el índice, un diamante blanco; en el corazón, una gema bermellón; en el anular, una esmeralda violeta y en el meñique, la piedra era carbón. En la mano derecha no portaba baratijas, sino que un tatuaje negro, o de cualquier otro color, le crecía desde la punta misma de los dedos, serpenteando hasta lo más profundo de los pliegues de su capa. Al sentarme yo cerca de él, se acercó hacia mí con sigilo y me preguntó si sabía dónde estaba el Templo de Tarmadán. Contesté que no, suspiró resignado y pidió medio vaso de ron. Al llegarle la copa introdujo dentro un liquidillo que escanció de un frasco minúsculo, removiéndolo con el dedo de la piedra verde mientras murmuraba incoherencias. Tras eso, bebió un trago y me contó su historia.

              Era el hombre que había visto los Mil Mundos. Cada aventura que narraba parecía traída de un lugar muy lejano, más allá de las montañas. Me contó que una vez, hacía muchos años, pasó un día y una noche pescando en las costas de Cuba un pez de extraordinarias dimensiones, y que antes de llegar a tierra se lo comieron los tiburones. También había participado en batallas, aunque sus supervivientes habían pasado del hueso al polvo y del polvo a nada hacía mucho tiempo, junto a grandes señores que sólo los más ancianos, y a duras penas, recuerdan. La piedra del meñique la había conseguido de joven durante sus años de piratería en el Caribe, luchando junto un corsario que vestía de su mismo color, la azul se la había dado un mago muy alto, portador de una larga vara y con barba blanca. La gema, creo recordar, la encontró mientras le llevaban atado a una cuerda por el desierto, habiéndola había escondido en su boca durante veintisiete días y la mitad de sus noches. Mientras me explicaba en qué consiste un Threstral, de los que al parecer tan sólo quedaban unos pocos en Inglaterra, me pidió disculpas y me preguntó mi nombre. Yo le dije que no era nadie, sólo un campesino pobre y con algo de tierra para arar. Sonrió y me tendió la mano, cálida como el mediodía en primavera. Cuando quise saber su edad, me contestó que ninguna. El problema con su edad, me dijo, era que no podía medirse, porque antes de que terminase el día, él ya habría visto toda mi vida. Antes de dormirse, reía, ya sabría con quién iba a casar a mis hijos y cómo moriría mi esposa, sabría mis deseos más íntimos, los más dolorosos. Pero no tenía prisa, decía que ahora podíamos charlar. Hoy, dijo, a la hora de comer, te he visto nacer. Cuando le argumenté que eso era imposible, me felicitó por mis tres hijos y me consoló por los duros años vividos en la gran ciudad. Bebía sin parar de una copa semejante a la mía, pero por mucho que tragaba nunca alcanzaba el fondo. Me volvió a preguntar si conocía el Templo de Tarmadán y le volví a contestar que no, que sólo era un labriego que cuida la tierra. Repitió un suspiro exacto en sus gestos al anterior y me miró aburrido, con la mano derecha suspendida en el aire, como si quisiera pasarme de largo.

              ¿Era real? Ahora que lo pienso, tal vez fuese un sueño, porque la barba desapareció de improviso y en su lugar le creció muy despacio una melena castaña. Cuando apuraba su bebida, sus ojos centellearon azules. Me dijo que en ese momento, mientras bebía, había estado pescando ballenas en la costa Canadiense. Que había contemplado un tiempo más largo del que yo llevaba vivo, pero no quiso decirme cuánto. Fijó sus ojos en mí y le pregunté si había visto lo que se encuentra más allá de las montañas blancas que se funden en el horizonte, contestándome él risueño que las había escalado, varias veces. También había muerto bajándolas pero bromeó diciendo que se solía recuperar bastante pronto, y sacó una pipa blanca de entre su túnica. Era larga, flexible, hecha con madera de un extraño árbol. La había tallado él mismo, sentado en un planeta donde el sol se ponía cuarenta y tres veces al día en cada cara, hablando con una rosa muy caprichosa y pensando en salir de allí. Le dio unas pocas caladas y escupió humo blanco al techo. No conocía a la Doncella, eso me lo dijo, aunque se había cruzado con ella varias ocasiones, en Polonia y México. Ella le perseguía continuamente, llevándose a todos los que conociera. Me dijo que la Doncella también me alcanzaría a mí y que sería cuando él mismo lo decidiese; porque hasta que él no lo decidiese, ella no lo haría. Pero estaba cerca, me dijo, estaba cerca: antes de que acabara el día. Le imploré que me salvara, prometiendo darle lo que ansiase, pero cuando le ofrecí mi tierra su mirada se torno dura y me rechazó despectivo. Me dijo que nunca vendiera la tierra, que antes de morir viviría una vida plena hasta llegar a ser viejo.

              Me preguntó por el Templo de Tarmadán y cómo le contesté que se lo preguntara a otro, justificándolo con ser un humilde padre de familia que labra el campo, sonrió. Era amigo de los Señores de las Plumas al otro lado del mar, había cazado criaturas con las que yo no osaría soñar. Me dijo que una vez en Londres conoció a un joven tan feo y tan vanidoso, que cuando se miró en el espejo murió.

              Su voz no era ni suave ni ronca, tampoco alta en realidad, ni siquiera sosegada. No sé si salía de su boca o controlaba todo a mi alrededor, pero a cada palabra que pronunciaba, mi alma se agrandaba un poco más. Conocía hechiceros oscuros, de tierras angostas, y tenía a los reyes por amigos y enemigos, algunos los había ayudado a matar él mismo, a otros los pudo haber aconsejado. Hablaba con tal misterio, dejando entrever que a lo mejor mentía o decía la verdad. En ocasiones miraba a los lados con nerviosismo y otras se le veía calmado, viéndome de frente con sus ojos variopintos. Si reía me llenaba de paz, provocándome a mi mismo la risa, y si bajaba los ojos tristes, nos encogíamos como si fuéramos espejos, bebiendo en silencio de nuestras copas.

              Súbitamente, me preguntó por el Templo de Tarmadán y después de haberle contestado, me explicó que en el Templo de Tarmadán estaba el mayor tesoro, decían que lo custodiaba la Doncella, aunque eso último él no se lo creía. Había viajado por todo el mundo buscándolo pero al final sólo había conseguido esas cinco gemas y su manto. Farfullaba que era destino de todo hombre encontrarlo, aunque muy pocos se atrevan a hacerlo, menos aún intentar descifrarlo. Me preguntó si yo lo sabía, pero yo sólo sé que la tierra hay que cuidarla y regarla, y que mis hijos son el futuro de la familia. Mientras hablábamos, murió mi esposa. Ya era anciana y estaba muy enferma, así que no le extrañó a nadie, menos aún a aquél desconocido que seguía bebiendo de su copa.

Mis manos ya son viejas y la tierra la cuidan mis hijos; el lecho me espera, frío y reposado. Tal vez llegue durante el anochecer, pero mientras converso, recuerdo aquél Templo de Tarmadán que busca el desconocido mientras bebe conmigo.

LOS OJOS DEL CISNE BLANCO

Él se sienta en la mesa más cercana a la acera, observándolas a ellas. Ella se sienta en la mesa de detrás, observándole a él. Se sientan todas las tardes, solitarios, cada uno en su silla junto a su mesa, piden tres vermús en intervalos de cuarenta y cinco minutos y observan. Él a ellas, ella a él. Él estudia los muslos jóvenes y prietos deslizarse por la tibieza del asfalto, adivina sus siluetas bajo los finos vestidos, imagina, sueña desesperadamente con abrir esos muslos y palpar sus siluetas; ella bebe delicados sorbos y clava su vista en la calva de él, su cuello arrugado y tenso mirándolas pasar, busca sus ademanes bruscos agarrando el vaso. Él esconde los ojos en cuencas profundas para que nadie pueda verlos, avergonzado de ellos. Los de ella saltan, saltan vivos, saltan porque vuelven a estar ilusionados. Él camina poco, y cuando lo hace es encorvado: si no es desde su silla, no se atreve a mirar alto. Ella, por otro lado, es un viejo cisne del lago; anciano, sí, pero todavía blanco.

Van todas las tardes a tomarse su vermú, ambos soñando. Él sueña con una vida nueva, una en la que por fin decide tomar las decisiones correctas. Está cansado de su vida y tantas callejuelas negras. Está cansado de mirar sin ser percatado, alargar los dedos hacia los muslos aceitunados y chocarlos contra su copa, siempre sujeta de su mano. Ambos sueñan, él con un futuro que ya ha pasado, ella con un presente que todavía no la ha mirado. Ambos sueñan sin pensar, siempre mirando. Él unos muslos altos, ella su cuello arrugado. ¿Dónde mira el viejo enamorado? A la vida misma, una vida que ya le ha adelantado. ¿Y dónde mira ella, la vieja de ojos claros? Al tonto enamorado, a la nuca sin garganta que contempla los muslos pasar de largo.

Todas las tardes en el mismo bar, ambos piensan lo que nunca lograron. Ella siempre quiso ir a San Petersburgo. Piensa que sería delicioso ver, aunque sea una sola vez, aunque sea sola, aunque sea solo por un segundo, las cúpulas doradas y sus edificios multicolores. ¡Cualquier cosa por ver tantos colores!

Cada tarde sentado en su mesa del bar, él sueña con visitar San Petersburgo. No son los colores, ni las cúpulas, lo que le interesa. Simplemente quisiera visitarlo una vez, aunque sea una sola, aunque sea sin la compañía de esos jóvenes muslos. ¡Cualquier cosa por pasear aquellas calles! ¡Cualquier cosa por sentir el frío gélido atravesar sus viejos huesos!

Los días nublados son los mejores. Los días de nubes grises, los días de lluvia triste, él sonríe. Los días en que ríos de agua susurran las aceras, cuando Dios ve su mundo y reconoce en él sus pecados, cuando Dios llora y se golpea con rayos, ella suspira y mira más intensamente la nuca que nunca se ha girado. Nunca se ha girado. Si le hubiesen preguntado a él por ella, quizás sí, se habría girado impresionado. Si le preguntásemos a él por ella, se habría encogido de hombros sin apartar la vista de los muslos pasando. Ella en cambio sigue, sigue siempre observando. Muchos se han sentado a su lado, jóvenes y ancianos, y varios incluso se le han declarado. Pero ella siempre les desdeña, con mucho tacto porque posee la suavidad del cisne blanco, y cada vez da la misma respuesta:

– Disculpe, pero hoy estoy esperando a alguien.

Todas las tardes, todos los días del año, sea invierno o verano. Ella espera, espera al hombre que siempre está esperando. Él espera un milagro, ella espera para salvarlo.

Cuándo él no mira los muslos de paso, arranca migas de pan y las da a los gorriones de la ciudad. Pequeñas bolitas ensimismadas desaparecen en sus gaznates pardos.

Cuándo ella no mira la nuca del enamorado, coge pequeños trozos de pan y los reparte a los gorriones. Nubes de esperanza clara son picoteadas.

Ambos han dudado, claro. Hay días que él se mira al espejo y se ve viejo, arrugado y calvo, y entiende que los muslos nunca se detendrán para saludarlo. Ella también, se mira en el espejo y se ve vieja pero bella, cansada pero esperanzada; entonces piensa que él no la merece, que mejor será irse con los jóvenes que la pretenden.

Viejo feo y amargado, te están esperando.

Viejo perdido y arrugado, a tu espalda se esconden los muslos que andabas buscando.

              Una tarde ella no aparece. Está enferma o cansada, y esa tarde no aparece. Él se revuelve incómodo en su silla y bebe atragantado, y ya no mira los muslos, sino que busca a su alrededor convencido de que ha perdido algo. ¿Dónde miras, viejo enamorado? ¿Será que tuviste que perderla para haberla encontrado? Mira a todos lados preocupado, como vaciado, a todos lados menos la acera de los muslos largos.

              La siguiente tarde ella sigue sin aparecer. Él no entiende qué le está pasando, pero se siente agobiado, perdido, desencontrado. Él no lo entiende, pero sí sabe que le falta algo. El vermú le sabe aguado, los muslos se pasean marchitos y deformados. ¿Qué buscas ahora, viejo atormentado? ¿Buscas tu alma cuando te ha abandonado?

              Pasa otra tarde más sin ella, y él ya está aterrorizado. Su pecho grita, sus ojos salen a la luz acongojados. Es que le falta algo, pero como nunca quiso verlo, no es capaz de encontrarlo. ¿Cómo podrá el viejo borracho encontrarla, si no sabe que es a ella a quien siempre anda buscando?

              La cuarta tarde, que coincidió con un día especialmente nublado y él decidió llevar periódico, descubre que todo vuelve a estar ordenado. El viento susurra otra vez su canto, está acariciándolo, los muslos vuelven a brillar limpios sobre el encerado. Una ráfaga de luz de voluntad sopla en su nuca, y él se gira ilusionado. Tras él encuentra dos ojos claros, los del cisne blanco: dos ojos sin muslos que le miran enamorados.   

Él y ella siguen visitando su bar cada tarde, cada día del año, haga sol o esté nublado; ella se pide un vermú y él hace otro tanto. Se sientan en la misma mesa y ella observa sus ojos, su frente, su garganta hablando. Él ya no mira los muslos. Hace tiempo que los ha olvidado.

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